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Itinerario de una MDC en su Enfermedad y Convalecencia Unida al Corazón Sufriente de Jesús

  • Foto del escritor: Lilian Giraldo
    Lilian Giraldo
  • 12 mar
  • 13 Min. de lectura

Este testimonio de una madre de la cruz, compartido con nuestra comunidad, revela cómo las enseñanzas del camino sencillo de unión con Dios se manifiestan y se viven de manera concreta en la vida oculta y ordinaria de cada mujer y hombre que responden con su “sí” diario, unido al “FIAT” de María. El Señor, a través de esa respuesta generosa, transforma los corazones de estos nuevos hombres y mujeres, convirtiéndolos en hostias y cálices vivos, a través de los cuales hace todo nuevo.



ITINERARIO DE UNA MDC EN SU ENFERMEDAD Y CONVALECENCIA UNIDA AL CORAZÓN SUFRIENTE DE JESÚS

Marzo 12, 2026

 

Con este itinerario deseo reflejar la inmensa bondad que el Señor ha manifestado a aquellas personas que, como yo, hemos aceptado el llamado a ser sus almas víctimas por la salvación de las almas y como madres y misioneros de la Cruz a ser transformados en su mismo amor, en sus hostias y cálices vivos.

El Señor en su misericordia nos concede la gracia de unirnos a su sacrificio de amor, permitiendo que, a través de nuestra entrega, se manifieste su amor redentor en el mundo. Es una invitación profunda a participar plenamente en el martirio interior de Su Sagrado Corazón.

 

Me sometí a una intervención quirúrgica en la rodilla en agosto de 2023, debido a un desgaste repentino y severo del cartílago, situación que fue catalogada por los médicos como grave y poco usual para mi edad y que, de no tratarse, podría impedirme caminar en un plazo de diez años. Este diagnóstico me resultó especialmente difícil de aceptar; experimenté tristeza al recibir la noticia. Además, no pude evitar pensar en las numerosas personas que reciben noticias desalentadoras sobre su salud, enfrentando el mismo desafío de afrontar una realidad inesperada y dolorosa.

 

Una semana antes de la cirugía, entré en profunda contemplación de Jesús durante su oración en el huerto de Getsemaní, donde, en medio de un sufrimiento extremo, sudó gotas de sangre y rogó al Padre que, si era posible, apartara de Él aquel cáliz de dolor. Sin embargo, Jesús no buscaba su propia voluntad, sino que deseaba que se cumpliera la voluntad del Padre. Era lo mismo que me invitaba a hacer.

Le agradecí profundamente a Dios el significado de este sufrimiento, pues ningún dolor que El permite en nuestras vidas es ajeno a su amor; cada prueba se convierte en una oportunidad para lograr una unión completa con Él. Sentí una alegría serena y un agradecimiento sincero por el don fecundo que el Señor me concedía: participar en una pequeña parte en su agonía y en los dolores de la Cruz. Esta experiencia me hizo comprender que, a través de mi vocación como madre de la Cruz, Él confió a mi corazón una pequeña porción de almas alejadas de su amor, en mi propia familia y aun en almas desconocidas por mí, pero no por Él, para que unida a su martirio interior, ellas nacieran de nuevo. Estas almas, son los preciosos hijos del Señor, y me sentí dignificada por recibir la gracia de la maternidad espiritual.

 

Dos días antes de la cirugía, sentí una gran paz interior. Percibí que mi corazón latía al mismo ritmo que el de mi amado Jesús. Tras haber contemplado la agonía espiritual en Getsemaní, me sentí capaz de abandonarme, junto a Él, en las manos del Padre.

Al igual que Jesús, estaba consciente de que lo que me esperaba no sería fácil; de hecho, sabía que sería un tormento, aunque, por supuesto, incomparable con la amarga y dolorosa pasión que nuestro amado Señor padeció. Sin embargo, como Él, deposité toda mi confianza en el Padre y en Su santa voluntad.

Sentí el don de su cruz, mi bendita cruz, como una gracia inmensa en mi vida.

 

El 12 de agosto, día de mi cirugía fue un momento lleno de emociones intensas. Desde el inicio, comencé a vivir un proceso de autoconocimiento, y me enfrenté a sentimientos de enojo y ansiedad. Me pregunté interiormente: ¿Señor, de dónde provienen estos sentimientos y emociones? ¿Se deben al orgullo, a la pérdida de control, o quizás a una falta de agradecimiento? A pesar de estas preguntas en mi corazón, me mantuve confiada en la voluntad del Señor y en su providencia para el desarrollo de la cirugía.

 

Una vez remitida y en casa, al irme a la cama sentí una profunda impotencia por estar atrapada dentro del vendaje, sin poder moverme. El dolor era insoportable ante cualquier intento de movimiento. En ese momento, contemplé a Jesús crucificado, inmóvil y sufriendo dolores tremendos, y me resultó imposible no llorar junto al Señor, compartiendo y uniendo a El mi sufrimiento.

 

En mis primeros días de convalecencia empecé a notar cómo la dependencia a los demás afectó mi estado emocional. El dolor físico se intensificó en ciertos momentos, lo que contribuyó a mi impaciencia. Sin embargo, reconocí en este proceso una oportunidad de purificación de mis emociones. Le di gracias al Señor por esta purificación interior y le entregué todas mis vivencias y sentimientos a su Sagrado Corazón.

 

También sufrí un dolor profundo en el corazón por mi país, sin embargo, traté de no enfocarme en la oscuridad que lo invade, confiada en que la unión de dolores con mi Señor hará todo nuevo llenando con Su luz cada mente y corazón.

 

En este día el Señor me obsequió unas palabras a través de un mensaje recibido por nuestra madre espiritual Lourdes, fortaleciendo mi fe y mi confianza en Su providencia.

 

La Vida de Maternidad Cumple el Deseo del Corazón de Jesús

Fecha: 14 de junio de 2010

 

Sentí que el Padre empezaba a llenarme. Me dijo:

Los caminos de Dios no son los caminos del mundo. Es la vida de maternidad rechazada por tantas mujeres de hoy, pero abrazada por Mis MDC (Madres de la Cruz) unidas a la Madre de Dios, la que llevará a cumplimiento el deseo del Corazón de Mi Hijo… Estás llamada a animar a las madres en este camino de vida que he puesto ante ti y que es tan agradable a Dios. Estás llamada a animar a las madres a amar como Mi Hijo os ha amado, en el dolor y en el sufrimiento, porque es este amor el que dará vida a Mi Iglesia. Es este amor, el amor de la Cruz, el que curará a los corazones rotos, el que restaurará a los heridos, el que traerá la unidad y la paz. Bienaventurados los que escuchan este clamor; bienaventurados los que escuchan estas palabras tuyas y responden con amor, porque ellos entrarán en el Reino de Dios y recibirán la corona de gloria. Gracias, hija Mía, por responder a la llamada de Mi Hijo. Aquiétate y reconoce que Yo soy Dios, que te amo y que estoy contigo por toda la eternidad.

 

Poco después recibí un mensaje de una jovencita de nuestra familia, quien estaba atravesando por una difícil situación marcada por la anorexia. Este mensaje me conmovió profundamente y me impulsó a reflexionar sobre el papel de la maternidad espiritual en estos momentos de sufrimiento. Inspirada por el mensaje del Señor, sentí la llamada a ejercer mi maternidad espiritual acompañándola en su dolor y fragilidad.

 

A los cuatro días me retiraron los puntos y el vendaje, lo que suponía un paso más en el proceso de recuperación, aunque el malestar físico seguía presente. En medio de este sufrimiento, ofrecí al Señor tanto los dolores físicos, como los que surgieron por causa de los temperamentos, esos aspectos del carácter que dificultan la convivencia y la paz interior. Le pedí al Señor que nos ayudara a ser verdaderamente sus almas víctimas, capaces de entrar en el silencio, en el amor y en el dolor, para configurarnos uno con Él y permitirle que rompiera la dureza de nuestro corazón.

 

En la meditación compartida con otra madre de la cruz, cercana a mi corazón, quien se encontraba de peregrinación en La Sallete, reflexionamos sobre las lágrimas: las de María y las de nuestro amado Jesús. El Señor nos invitó a contemplar ese dolor y esa entrega.


Nos unimos en el deseo de que nuestro "sí" cotidiano, unido al "Fiat" de nuestra Madre, fuera consuelo para estos dos sagrados y amantes corazones, y que perseveráramos en este caminar de fe y amor.

 

En el quinto día tras la intervención, noté en mí una gran impaciencia hacia mis familiares, motivada por el hecho de que no realizaban las tareas como yo lo haría. Este sentimiento me llevó a una profunda reflexión interior y a una petición de perdón al Señor. Entendí que la recuperación no solo implicaba la sanación de mi cuerpo, sino también la de recibir el autoconocimiento de mis propias debilidades y aprender a reconocerlas. Me descubrí así invitada por el Señor a dejarme transformar, a permitir que mi corazón fuera circuncidado, moldeado en paciencia, quietud, docilidad y dependencia. Permanecí atenta a mis propias emociones y, sobre todo, a la presencia del Señor en mi corazón, permitiendo que Él me siguiera guiando en esta formación y transformación del corazón.

 

Tras unos días aparecieron llagas en mi boca, consecuencia de una baja de defensas provocada por los efectos de la anestesia. Esta situación de debilidad me llevó a la contemplación de la pasión de nuestro Señor. Pensé en su sed en la cruz, en su boca llagada y reseca, y en la sed profunda por las almas, sed redentora que brota de su amor por la humanidad.

 

A los trece días tras una evaluación física, el médico tratante determino que el dolor persistente no era normal. El bloqueo nervioso durante la anestesia alcanzó con mayor profundidad el nervio periférico, provocando así un dolor intenso y una alteración nerviosa considerable que podía llegar a ser indefinida.


Durante este proceso, mi mente y mi corazón se dirigieron al momento de la crucifixión de Nuestro Señor, recordando cómo los clavos lo atravesaron de manera despiadada y brutal, afectando muy seguramente sus nervios sin el menor cuidado. Esta meditación me conmovió profundamente, hasta el punto de hacerme derramar lágrimas y llorar junto a Jesús y a nuestra madre María Santísima. No obstante, en medio de este sufrimiento, encontré el consuelo del Señor y el cariño de mi familia, de mi esposo y de mis padres que me cuidaron con mucho esmero y dedicación y de mi comunidad amor crucificado que me acompañó en amor y oración. Pero en realidad, no era a mi quien consolaban, era a Jesús en la Cuz a quien consolaban y a quien acompañaban.

 

Mi madre espiritual Lourdes me animaba constantemente a sobrellevar el sufrimiento en unión con Jesús y a permanecer atenta a mi corazón.

 

En un momento de oración y adoración tras recibir la comunión de manos del ministro extraordinario de la comunión, viví una profunda unión con el Señor. Al cabo de un rato, sentí en mi interior el lamento y el profundo dolor del corazón de Jesús por las mujeres que se ven expuestas y explotadas como modelos webcam o en situaciones similares.

Al día siguiente volví a escuchar en mi interior el lamento del Señor. Este dolor espiritual se hizo aún más palpable en mi corazón, especialmente al sentirme profundamente unida a mi esposo, que se encontraba en otro país por motivos laborales.


Después de unos días, sentí la necesidad de compartir con mi esposo todo lo que había estado experimentando en mi interior, especialmente los gemidos del Señor por las mujeres sometidas a la trata de personas y explotadas sexualmente. Durante nuestra conversación, él me relató una vivencia personal ocurrida en el país europeo en el que se encontraba, experiencia que él ya había compartido previamente con su acompañante espiritual. Me explicó el profundo dolor que le causo ver las tarjetas que promocionaban la explotación sexual de estas hermanas e hijas de Dios, esparcidas por el suelo de las calles de esta ciudad en Europa, esperando que algún transeúnte las recogiera. Sin embargo, su mayor sufrimiento provino de observar cómo esas tarjetas eran pisadas indiferentemente por las personas que caminaban, como si el dolor y la dignidad de esas mujeres no le importaran a nadie, quedando ellas olvidadas en su esencia y humanidad.


El dolor que el Señor nos permitió sentir en nuestro corazón es el mismo dolor que Él sufre por cada una de estas mujeres: el dolor causado por la indiferencia y por la dignidad de sus hijas, apabullada y pisoteada por la sociedad.


Constatar esta profunda unión de nuestros corazones como esposos, como madre y misionero de la cruz, y nuestra íntima comunión con el corazón de nuestro amado Señor, fue una experiencia sumamente hermosa.

 

Veintidós días después de la operación, surgió un dolor profundo que invadía mi corazón sin que pudiera identificar claramente su origen. Era una sensación de peso y tristeza que no lograba comprender del todo, pero que sentía intensamente en lo más hondo de mi ser.


Reconocí que el Señor continuaba compartiéndonos su corazón sufriente, permitiéndonos participar de su propio dolor. En medio de este proceso, recibimos la noticia de que una persona cercana de nuestra familia estaba atravesando una profunda depresión, bajo tratamiento con medicamentos psiquiátricos y sin fuerzas para asumir su vida cotidiana. Sentí que el Señor me invitaba a ofrecerme junto a Él por ella, a interceder y a acompañarla espiritualmente en su sufrimiento.


Ese mismo día, mi esposo acudió a una reunión de la comunidad parroquial y allí se enteró con tristeza del suicidio de una persona de nuestro vecindario.


En medio de estos acontecimientos deseaba unirme plenamente a Él, siendo UNO en su sacrificio de amor, abrazando y ofreciendo cada sufrimiento en comunión con el suyo. Me refugie en el corazón de la virgen María, y le imploré que me permitiera vivir en su corazón maternal y pertenecer por completo al Señor.

 

En el vigésimo tercer día tras la cirugía, continue experimentando los gemidos del corazón de Jesús. Esta vivencia interior me llevó a sentir profundamente el dolor por la muerte de las almas, un sufrimiento que se manifestó en un gemido profundo de dolor ¡Me duelen Señor! ¡NOS DUELEN!


Ya no somos dos, Somos UNO en tu sacrificio de amor.


La súplica que brota de este dolor es clara y ferviente: que no se pierda ni una sola alma más, que todas las personas puedan alcanzar la salvación. Que su sacrificio y su amor redentor sea aceptado por todos.

 

Al día siguiente, mientras rezábamos el rosario, sentí una profunda sensación de claustrofobia al pensar en los meses que me quedaban confinada en el segundo piso de mi casa. Este sentimiento de encierro me llevó inmediatamente a meditar sobre Jesús, quien permanece encerrado por amor en los sagrarios de la tierra, esperando la visita de sus hijos. Esta reflexión me hizo derramar lágrimas, uniéndome a su dolor, a su amor y a su constante espera.

 

Tras mes y medio después de la cirugía, completé tres días de inflamación en el párpado del ojo izquierdo, razón por la cual tuve que acudir varias veces a la clínica especialista para descartar afecciones en el nervio óptico. Además, la rodilla seguía muy inflamada. Estos padecimientos me llevaron a contemplar el cuerpo inflamado de nuestro Señor y a unirme a sus dolores. En medio de este proceso inflamatorio, comencé a sentir ardor y quemazón en la espalda, lo que resultó ser un diagnóstico de Herpes Zoster. Mi esposo, al realizarme las curaciones, comentó que las lesiones parecían latigazos muy marcados. Esta imagen me hizo vivir mayor unión con el sufrimiento de Jesús en su flagelación y en su martirio interior.

 

Durante este tiempo también recibí durezas de corazón. En el cenáculo de la comunidad, nuestro querido padre Ron habló de este tema y dijo que amar a los más difíciles requiere de una gracia del Señor. Y habló de la importancia de este llamado a ser almas víctimas, puesto que El Señor nos está bendiciendo con sus Gracias abundantes, para que con nuestros sufrimientos unidos a los suyos y sumados a estas gracias, vivamos nuestra identidad y colaboremos con El en la salvación de innumerables almas.


En la meditación del segundo misterio de dolor del santo Rosario, El Señor me permitió ver que todas las palabras hirientes y las durezas de corazón que me permitió vivir, Él también las recibió durante la flagelación. Contemplar este misterio me llevó a llorar junto al Señor, compartiendo su dolor y su amor redentor.

 

Unos días antes de cumplir los dos meses después de la cirugía, tuve la gracia de ver con mayor claridad la gran miseria de mi corazón: mi pecado y mi real nada. Este reconocimiento es el resultado del fuego purificador del Espíritu Santo en mi corazón y de la humildad y entrega que me fue enseñando la virgen María, pues de su mano transité estos senderos del camino de unión con Dios, en medio del sufrimiento y la recuperación.

 

Cumplido el segundo mes tras la cirugía, recibimos como familia una gracia muy especial y significativa. Mi papá llevaba tiempo deseando confesarse, pero sentía temor, ya que hacía muchos años que no lo hacía. Sin embargo, el Señor obró con gran misericordia y envió a un sacerdote a nuestro hogar para ofrecernos el sacramento de la reconciliación. Al principio, a mi padre le resultó difícil dar el paso, pero el sacerdote, con gran delicadeza, amor y paciencia, le acompañó durante todo el proceso. ¡Todos en casa recibimos el sacramento de la reconciliación!¡Cuán grande y maravilloso es el amor del Señor, que se manifiesta en estos gestos concretos de cercanía y gracia! ¡Gracias al Señor por sus sacerdotes!

 

Transcurridos seis meses desde la intervención quirúrgica, puedo concluir que fue

un periodo marcado por la enfermedad y la posterior convalecencia, pero más que eso, fue un tiempo de enorme bendición que me brindó la oportunidad de vivir profundamente mi vocación como alma víctima, escogida por el Señor.


En medio de la debilidad física y el proceso de recuperación, constaté cómo la vida oculta, de una madre o un misionero de la Cruz es, en esencia, una vida muy activa en Dios, entregada y muy fecunda incluso en la aparente quietud.


Esta unión íntima con El Sagrado Corazón de Jesús y su martirio interior me permitió compartir sus dolores y su amor redentor. En este tiempo crecí en la unión con Dios, aprendiendo de su corazón sufriente a amar como Él ama en Su sacrificio de amor.

Reconozco que mi vida en este periodo, que se extendió casi un año, ha dado consuelo al corazón de Jesús.

 

Por último, quisiera compartir este mensaje de nuestra madre espiritual Lourdes que refleja lo que viví en este tiempo.

 

La Vida Oculta No Es un Estado de Inactividad Sino de Gran Actividad.

Fecha: 06 de febrero de 2013

Siento a mi Señor en mi alma sosteniendo Su cáliz. Sus lágrimas de dolor por nuestro quebranto caen en el cáliz. Tiene sed de que le acompañe. Su mirada me invita a permanecer junto a Él y simplemente a estar con Él. Permanezco junto a Él, con Él, mientras Él derrama las lágrimas del dolor de Dios por cada uno de nosotros. No estoy llamada a hacer, sino sólo a estar con Él, a acompañarle en sus penas. Por la gracia de Dios, mi alma vive la vida oculta. El mundo no comprende la vida oculta. Es Dios quien comprende, Quien sufre, Quien redime, pero yo entro y vivo dentro de las palabras de la Misa: “Por Él, con Él y en Él”. Esta vida oculta no es un estado de inactividad, sino de gran actividad. Es una participación en la actividad de Dios mismo. Acompaño a mi Señor, que sufre por todos. Esto es paz, ¡y el fruto de esta paz es la ALEGRÍA!

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