Las bendiciones de «descifrar la Palabra»

Dios llama e invita a todos a conocerlo de una manera honda y profunda. Con la ayuda del Espíritu Santo, abrir, meditar y sumergirnos en la Sagrada Escritura toca los corazones y las almas: convierte, forma y transforma vidas. Esta enseñanza y reflexión nos llama a recomprometernos a dedicar tiempo a la Palabra de Dios.
Reflexión y enseñanza para el Cenáculo del 22 de octubre de 2026
Título: Las bendiciones de «descifrar la Palabra»
Mis queridos hermanos y hermanas de Amor Crucificado. Nos encontramos al final del año litúrgico. En poco más de cinco semanas comenzará el Adviento. ¿Podéis creerlo?
Las tiendas ya han empezado a prepararse para los compradores navideños y los anuncios publicitarios aparecen con frecuencia en la televisión y otros medios de comunicación.
Como personas de fe, esa no es nuestra tarea en el Adviento. El Adviento es un tiempo de preparación en dos sentidos:
1. La segunda venida de Cristo, que transmite de forma clara y directa a muchos los mensajes que hemos escuchado como comunidad de Amor Crucificado.
2. La segunda forma en que nos preparamos en Adviento es prepararnos para celebrar que Cristo vino. ¡La Encarnación tuvo lugar y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros!
Es la PALABRA, en mayúsculas, de la que me siento llamado a hablar hoy.
Creo que es importante sentar unas bases, sentar las bases antes de continuar con la reflexión de esta noche:
En primer lugar, del Evangelio de Juan, capítulo 1, versículo 1:
«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios».
Luego, en el versículo 14: el Verbo se hizo carne —el Verbo se encarnó—; en Navidad celebramos esta Encarnación de nuestro Dios. Podemos decir esto porque todo lo que se predicó, profetizó, prometió o proclamó se cumple en Jesús.
El Evangelio de la misa del día de Navidad está tomado del capítulo 1 de Juan, que contiene estas palabras que acabo de compartir. ¡Sí! Jesús es el cumplimiento de la Palabra, esa Palabra hecha carne. Por lo tanto, la Palabra de Dios es mucho más que simplemente significativa. Va más allá de nuestro entendimiento, de nuestra comprensión o incluso de nuestra imaginación. La Palabra es eterna, la Palabra es Dios
Dios está presente de manera radical en su Palabra. Tómate un momento y reflexiona sobre lo siguiente:
¿Creo esto? ¿Creo realmente en la presencia radical de Dios en su Palabra?
En segundo lugar, del Catecismo de la Iglesia Católica, párrafo 133:
· «La Iglesia recomienda de modo especial e insistentemente a todos los fieles… la lectura asidua de las divinas Escrituras para que adquieran “la ciencia suprema de Jesucristo”, pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo».
· Fue san Jerónimo quien dijo: «El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo».
Reflexiona sobre esto un momento:
¿Hasta qué punto estoy comprometido/a a dedicar tiempo a la Sagrada Escritura? ¿Me acerco cada día a la Palabra de Dios con el deseo de crecer en la fe y en mi relación con Dios?
En tercer lugar, en el quinto párrafo de la Alianza de Amor Crucificado se afirma lo siguiente:
Prometo plena aceptación y obediencia a todo lo que enseña la Iglesia católica y atesorar la Eucaristía, la Palabra, la Reconciliación y todo lo que el Señor nos proporciona para nuestra santificación.
Para quienes ya han hecho su Alianza, esto les resultará familiar y estará integrado en su vida. Para quienes están discerniendo la posibilidad de hacer la Alianza, esta es una promesa que requiere una reflexión seria en el proceso de discernimiento.
En este quinto párrafo prometemos obedecer lo que enseña la Iglesia y atesorar, junto con la Eucaristía y la reconciliación, la Palabra. Nosotros, la comunidad de Amor Crucificado, hemos sido llamados —y muchos de nosotros ya lo hemos prometido— a atesorar la Palabra.
¿Cómo se atesora la Palabra de Dios en la propia vida? ¿Cómo atesoro yo la Palabra de Dios en mi vida? ¿Qué pasos doy para honrar y atesorar
la Sagrada Escritura?
En cuarto lugar, lo siguiente está extraído de un mensaje del 16 de mayo de 2022:
· «Mis Palabras dirigidas a cada uno de vosotros son un recordatorio continuo de que Dios está con vosotros, presente en vuestras vidas individualmente. Mis Palabras son el poder de Dios para transformaros, para que podáis vivir las Escrituras como Yo deseo. Muchos leen sus Biblias y estudian las Escrituras, pero pocos son transformados por mi Palabra. Le he dado a Amor Crucificado para Mi Iglesia una vía sencilla para convertirse en mi Palabra. La vía de Mi Camino Sencillo para entrar en las Escrituras requiere humildad, sencillez y docilidad de corazón, y mucha perseverancia. Los que perseveren se transformarán en los nuevos hombres y mujeres del Reino de Dios».
¿Me acerco a la Sagrada Escritura con humildad, sencillez y docilidad de corazón? ¿Me he comprometido firmemente a abrir mi Biblia con regularidad, perseverando en dejarme transformar por la Palabra de Dios?
Comparto estos cuatro puntos con vosotros:
1. El Evangelio de Juan, capítulo primero, a partir del versículo uno
2. El Catecismo de la Iglesia Católica, párrafo 133
3. La alianza de «Amor Crucificado», párrafo cinco
4. El mensaje del 16 de mayo del 2022
Porque nos reafirman y nos desafían en nuestro camino espiritual de diversas maneras:
1. Para aquellos cuya vida de oración incluye habitualmente un tiempo dedicado a la Sagrada Escritura, esto resulta reconfortante.
2. Para aquellos cuya vida quizá no incluya un tiempo habitual dedicado a la Escritura, tal vez estas palabras nos lleguen al corazón.
3. Sea como sea, todos estamos animados a reflexionar profundamente y a evaluar qué lugar ocupa la Sagrada Escritura en mi vida de oración.
4. ¿Qué medidas innovadoras o radicales puedo tomar para profundizar más en la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios?
En el capítulo 2-A de «El Camino Sencillo de Unión con Dios», se nos invita a ir al pie de la cruz, a arrodillarnos junto a María y, en lo más profundo de nuestro corazón,
· besar y adorar con humildad los pies de nuestro Señor, pidiendo el don del conocimiento, que es doble: el conocimiento de DIOS y el conocimiento de NOSOTROS MISMOS
· Buscar el verdadero dolor por nuestros pecados, el «oro del precioso arrepentimiento»
Mis queridos hermanos y hermanas de Amor Crucificado: al buscar sinceramente sumergirnos más profundamente en la Palabra de Dios, vemos una conexión natural con el hecho de acudir al pie de la cruz en busca del conocimiento de Dios y del conocimiento de uno mismo. La Palabra de Dios nos concede el conocimiento de Él, así como el conocimiento de nosotros mismos. La interpretación de la Palabra de Dios está íntimamente ligada a este paso inicial fundamental del Camino Sencillo que conduce al pie de la cruz, en busca del don del conocimiento de Dios y de uno mismo, y lo respalda firmemente.
Queridos hermanos y hermanas, ¿cómo podríamos siquiera conocer a Jesús, y llegar a conocerlo aún más, sin los Evangelios? ¿Cómo sabemos que Jesús se encarnó, si no es a través de la Biblia? Queridos amigos, ¿cómo podemos, como Iglesia, llegar a conocer la Pasión de Cristo, sino a través de Su Palabra? ¿Cómo sabemos el sufrimiento que padeció, sino a través de la Sagrada Escritura? ¿Cómo sabemos que Jesús fue crucificado, sino a través de las palabras de los evangelistas? Queridos amigos, ¡es a través de la Palabra de Dios como llegamos a conocer a Jesús como Amor que es crucificado, como Amor Crucificado! Queridos hermanos y hermanas, ¿cómo podemos saber algo de la vida de Jesús, si no es a través de las Escrituras?
Queridos hermanos, entre los documentos del Concilio Vaticano II se encuentra la Constitución dogmática sobre la Revelación Divina. En el párrafo 24 se afirma lo siguiente: «Por lo tanto, el “estudio de la Sagrada Escritura” debe ser, por así decirlo, el alma misma de la teología sagrada». (traducción directa del inglés)
En el Catecismo de la Iglesia Católica, en el párrafo 132, se afirma: «El ministerio de la Palabra… recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable».
¿Qué nos está diciendo esto? El alma de la teología está arraigada en la Sagrada Escritura. Esa catequesis, ese crecimiento en la fe —que incluye el conocimiento de Dios y el conocimiento de uno mismo— prospera cuando se arraiga en el misterio eucarístico y en el texto de la Escritura. Amigos míos, la adoración Eucarística ha sido, es y seguirá siendo un aspecto fundamental de nuestra pequeña comunidad, Amor Crucificado. Y creemos de todo corazón que eso es a lo que el Señor nos ha llamado. La adoración Eucarística ha transformado vidas y comunidades de manera espectacular y santa.
La Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, ha conmovido, emocionado y transformado profundamente a quienes han abierto su corazón, su mente y su alma al texto sagrado, gracias al poder de la palabra de Dios.
Cuando se estudian las palabras que utilizamos y rezamos en la Santa Misa, podemos ver fácilmente hasta qué punto la Misa está verdaderamente arraigada en la Sagrada Escritura. Piensa en esto: ¿cuál es la última oración que rezamos antes de comulgar? «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Esto está tomado del Evangelio de Mateo 8, 8.
Es un centurión romano quien hace esta declaración. Las palabras de un pagano, inspiradas por el Espíritu Santo, reflejan su fe en Jesús y se expresan con sencillez. Al hacerlo, sus palabras quedan plasmadas para siempre en la Sagrada Escritura y, por lo tanto, son rezadas desde hace siglos por todos los comulgantes que han asistido y participado en la Misa.
Incluso la estructura misma de la misa se aprecia fácilmente en el pasaje del Evangelio de Lucas, capítulo 24, el camino a Emaús. En primer lugar, todo gira en torno a la Palabra; en segundo lugar, todo gira en torno al «partir el pan».
Dos discípulos desanimados caminan hacia Emaús. Jesús se une a ellos y les abre la mente y el corazón a las palabras de las Escrituras. A continuación, esos mismos discípulos invitan a Jesús a quedarse a comer con ellos. De nuevo, él se une a ellos, toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da.
De repente, desaparece y se les abren los ojos. Pero incluso antes de reconocerlo al partir el pan, ya habían declarado a los demás discípulos: «¿No ardía nuestro corazón» mientras nos explicaba las Escrituras?
También nuestros corazones pueden arder en nuestro interior cuando se nos revelan las palabras de la Biblia. Quizá algunos de nosotros ya hayamos experimentado cómo nuestros corazones se han conmovido profundamente al leer las Escrituras o incluso al escucharlas explicadas. Cuando uno busca con sinceridad la guía del Espíritu Santo antes de adentrarse en el texto sagrado, Dios honra y bendice profundamente a ese alma. Me vienen a la mente las palabras que Lourdes compartió en nuestro retiro al recordar un mensaje del 16 de noviembre del 2010: «Quitaré el velo que cubre los ojos de vuestras almas para que podáis ver lo que pocos son capaces de ver».
Cuando buscamos profundizar en las Escrituras, Dios realmente retira el velo que cubre nuestros ojos.
La historia ha dejado constancia de poderosas historias de santos que se convirtieron tras leer las Escrituras. Quizá el más famoso sea San Agustín de Hipona, cuya conversión, que transformó su vida, se desencadenó al leer las Escrituras mientras estaba sentado en un jardín de Milán en el año 386 d. C.; oyó a un niño cantar «toma y lee, toma y lee», abrió la Biblia en Romanos, capítulo 13, versículos 13 y 14, y de inmediato se apartó de una vida de confusión moral para convertirse en un gran Padre de la Iglesia.
¿Qué leyó? «… revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos».
San Antonio del Desierto entró en una iglesia y escuchó la lectura del Evangelio en la que Jesús le dice al joven rico que venda todo y le siga. Se tomó esas palabras al pie de la letra en ese mismo instante, se desprendió de su riqueza y se convirtió en el padre del monacato cristiano.
Queridos amigos, estos son solo dos ejemplos de los muchos otros santos que han sido profundamente marcados por la Palabra de Dios. Sin embargo, aún más numerosas son las historias de vidas transformadas a lo largo de los siglos por las Escrituras.
Lamentablemente, a veces nuestro corazón y nuestra mente pueden cerrarse, de forma lenta e inconsciente, a la Palabra de Dios. Puede que ni siquiera nos demos cuenta. De hecho, a veces podemos asistir a la misa profundamente distraídos, limitándonos a seguir el ritual, repitiendo las palabras sin elevar intencionadamente nuestra mente y nuestro corazón hacia Dios.
O bien, escuchamos las palabras del Evangelio que se proclaman, pero como estamos familiarizados con lo que se dice y sabemos cómo termina la historia o la parábola, podemos suponer erróneamente que no hay nada nuevo que aprender de este pasaje. Así, de forma silenciosa e inconsciente, ya he cerrado mi corazón a la Palabra de Dios. ¿Acaso la familiaridad engendra desprecio en mi corazón?
Muchos de nosotros hemos luchado contra estas tentaciones. Pero la Palabra de Dios está viva y es más afilada que cualquier espada de doble filo. Sin embargo, debemos estar abiertos y reconocer con humildad que necesitamos la Palabra de Dios en nuestras vidas cada día. Una pequeña oración que me enseñó hace muchos años un santo sacerdote consistía simplemente en invocar al Espíritu Santo antes de rezar, antes de abrir las Escrituras, antes de que comience la misa.
La oración es sencilla: «Ven, Espíritu Santo» (pausa), «ven, Espíritu Santo» (respira y repite), «ven, Espíritu Santo».
En primer lugar, según san Pablo, necesitamos al Espíritu Santo para orar. —Pablo lo explica en su carta a los Romanos 8, 26-27:
26Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. 27Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.
Necesitamos al Espíritu Santo para orar, para que nos enseñe a orar y para que nos muestre qué orar.
En segundo lugar, toda la Sagrada Escritura está inspirada por el Espíritu Santo. Por lo tanto, es fundamental pedir y buscar la ayuda y la guía del Espíritu Santo al acercarnos a la Palabra de Dios. Buscar al Espíritu Santo con sinceridad y autenticidad, y acercarnos a las palabras de la Escritura con humildad, es la actitud que, como personas de fe, debemos adoptar.
Mis queridos hermanos y hermanas de «Amor Crucificado», renovemos nuestros esfuerzos por dedicar tiempo regularmente a la Sagrada Escritura. Busquemos la ayuda y la guía del Espíritu Santo en nuestros esfuerzos. Acerquémonos a la Escritura con humildad y con el corazón abierto y, al hacerlo, confiemos plenamente en el poder de la palabra de Dios para que toque y transforme nuestras mentes, nuestros corazones y nuestras almas de maneras profundas e inaudibles que nunca podríamos imaginar. ¡Él quitará el velo que cubre nuestros ojos!
Con esto en mente, me gustaría compartir con vosotros una reflexión con la que creo que Dios me ha bendecido durante el reciente retiro. De algunas de ellas hablé durante la homilía que pronuncié en la misa de clausura del retiro.
Los pasajes del Evangelio de los últimos cuatro domingos proceden del Evangelio de Mateo, correspondientes a la semana de la Pascua judía. Estos cuatro pasajes y los de los próximos cuatro domingos son todos de Mateo.
Estas enseñanzas de Jesús tienen lugar en el templo de Jerusalén. Y, al ser Pascua, decenas de miles de peregrinos judíos han acudido a Jerusalén. El templo está abarrotado. Por ley, todo varón judío adulto debe acudir al templo durante la Pascua. Los historiadores estiman que, en la época de Jesús, varios cientos de miles de peregrinos se congregaban en Jerusalén durante la Pascua.
Jesús ya ha purificado el templo de los cambistas y de los diversos vendedores de animales y otros artículos. Al hacerlo, ha puesto fin al culto en el templo y al sacrificio de animales. Con su presencia, como Cordero de Dios, en solo unos días se convertirá en el nuevo y eterno sacrificio.
A continuación, Jesús narra tres parábolas. La primera es la historia de un hombre que tenía dos hijos a los que envió a trabajar a la viña. El primer hijo dijo que no, pero más tarde cambió de opinión y fue a la viña. El segundo hijo dijo que sí, pero nunca fue.
Jesús pregunta a los líderes religiosos: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». Respondieron que el primer hijo, el que inicialmente dijo que no. Jesús les respondió diciendo que los recaudadores de impuestos y los pecadores entrarán en el cielo antes que ellos, porque escucharon las palabras de Juan el Bautista y se arrepintieron.
La segunda parábola que narra Jesús trata sobre el dueño de una tierra y su viñedo, en el que el dueño lo construye y se lo entrega a unos arrendatarios para que produzcan el fruto para el vino. El propietario se marcha. Más tarde envía a unos siervos a recoger la cosecha. Los siervos son golpeados y asesinados. Incluso envió a su hijo, pero también lo mataron. Preguntó a los líderes religiosos: «¿Qué debería hacer el propietario?». Respondieron que el propietario debería condenar a esos hombres miserables a una muerte miserable. Jesús responde que la viña les será quitada y entregada a nuevos labradores que producirán fruto.
Acabamos de escuchar a Jesús decir a los líderes religiosos del templo, por medio de la primera parábola, que no han cumplido la voluntad de Dios. Mediante la segunda parábola, Jesús les ha dicho a los líderes religiosos que no han sido buenos administradores de lo que se les había confiado. No han dado fruto al dueño de la tierra.
Hace dos domingos, escuchamos la tercera parábola de Jesús. Los estudiosos católicos de las Escrituras nos dicen que es muy probable que estas tres parábolas se narraran una tras otra. Jesús pronunció estas parábolas en respuesta a los líderes religiosos que le preguntaban con qué autoridad había purificado el templo.
Esta tercera parábola era la historia del rey que organizaba un banquete de boda para su hijo. Cuando todo estuvo listo para el banquete, envió a sus siervos a reunir a los invitados.
Pero estos primeros invitados se negaron a acudir y, algunos incluso, maltrataron a los siervos del rey y los mataron.
El rey declaró que esos primeros invitados no eran dignos de acudir al banquete.
Así que el rey volvió a enviar a sus siervos con la orden de reunir a todos los que encontraran en los caminos, tanto a los buenos como a los malos.
El rey quería que el banquete se llenara. Y cuando entró en el banquete, vio a un hombre que no llevaba el traje de boda. El rey le preguntó al hombre que por qué no llevaba el traje de boda. El hombre se quedó en silencio. Entonces, el rey ordenó que ataran al hombre y lo arrojaran fuera, a las tinieblas.
Varios comentaristas de este pasaje interpretan que el primer grupo que se negó a acudir al banquete nupcial son los líderes religiosos que se negaron a creer en Jesús. Rechazaron su invitación a unirse a él.
Otros exégetas y comentaristas consideraban que el hombre que no llevaba el traje de boda no estaba preparado, es decir, no había dado los pasos necesarios para participar en el banquete nupcial.
Pero san Agustín lo veía de otra manera. En su sermón n.º 90 sobre este pasaje de las Escrituras, san Agustín señala que a los invitados los sacaron directamente de las esquinas de las calles y de los cruces de caminos. Como eran pobres, mendigos y viajeros, no podían permitirse un traje de boda digno de un rey.
Por lo tanto, según la costumbre, san Agustín señala que es el rey quien proporciona el traje de boda en la puerta. Es el rey quien proporciona la túnica adecuada para el banquete nupcial.
Sí. Fue el rey quien proporcionó la vestimenta. No fue por pobreza por lo que aquel invitado carecía de un traje de boda. Más bien se trató de un acto de desafío abierto. Este invitado, en abierto desafío al rey, había rechazado el regalo del rey. Rechazó el traje de boda.
Al reflexionar sobre este pasaje el sábado por la noche del retiro, no pude evitar recordar la túnica mística a la que Lourdes había hecho referencia en su quinta y última reflexión del retiro, celebrada ese mismo sábado.
A lo largo del retiro, Lourdes nos fue desvelando la Palabra —la Palabra de Dios tal y como se expresa en el Cantar de los Cantares—. Habló de cómo «la esposa ha madurado a través de la noche oscura» del sufrimiento. «El amor de la esposa ha sido puesto a prueba y refinado mediante el fuego purificador del Espíritu Santo, y ella se ha mantenido firme y fiel. Sale de esta noche oscura radiante en la luz de su amado… está adornada con el esplendor de Dios, radiante en virtud».
«Estar adornada con el esplendor de Dios» hace referencia a este traje nupcial, a esta túnica mística, un regalo de nuestro gran rey, que nos ha llamado —a los pobres, a los pequeños, a los mendigos, a los marginados, a los excluidos y a los débiles— al banquete nupcial de Dios. Como sus pequeños, en nuestra pobreza, nunca podríamos permitirnos un traje nupcial digno del rey. Pero es nuestro rey quien nos viste con nuestro traje místico, nuestra túnica mística.
Esta túnica mística es el traje nupcial místico del que se habla en el mensaje del 15 de agosto del 2012: «Deseo veros ataviados con el esplendor de todas las virtudes, revestidos de pureza. Deseo oler vuestra fragancia de santidad. Meditad sobre vuestro traje nupcial místico». 12/9/26
Dios lleva siglos vistiendo a su pueblo con túnicas y vestiduras. A los recién bautizados se les entrega una vestidura blanca como señal de su nueva vida en Cristo. Cuando alguien ingresa en una orden religiosa, a menudo se le reviste con una túnica, el hábito propio de esa orden. En la ordenación, se entregan las vestiduras sacerdotales, los hábitos sacerdotales, como signos de su nueva vocación como sacerdotes de la Iglesia de Dios.
¡Sí! La túnica mística que Dios nos ha dado como regalo. Debemos aceptarla con humildad y llevarla fielmente en nuestro camino de fe.
Porque, ¿qué se esperaba de aquellos invitados desde los cruces de caminos al banquete nupcial? ¿Qué se esperaba de los pobres, los pequeños, los mendigos, los marginados y los débiles? Simplemente que acudieran al banquete nupcial, que emprendieran el camino hacia el rey, que siguieran fielmente el camino hacia el Rey. Para nosotros, se trata de tomar el camino sencillo al banquete, el camino sencillo al banquete nupcial, el banquete del rey. Estamos llamados a tomar «el camino sencillo de unión con Dios».

